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AM/Pastoral Afro
Misioneros Combonianos
Capilla María Madre del Buen Pastor
Diagonal 70C Nº 22B-27
Charco Azul (Aguablanca)
CALI (Colombia)
Comunidad abierta el 20 de enero de 1982, dedicada a la
Virgen de Fátima, d. Cali.
CENTRO DE ANIMACIÓN MISIONERA y PASTORAL AFRO
Compartir la vida del barrio
Los Misioneros Combonianos llevan realizando desde 2008 una experiencia de inserción pastoral en los barrios de Charco Azul y Sardi, en la ciudad de Cali. Varios sacerdotes y hermanos han contribuido al proceso de evangelización, animación misionera y promoción humana que se ha venido realizando desde la capilla María Madre del Buen Pastor.
Guillermo Chacón Rodríguez
Después de atender el Santuario de Nuestra Señora de Fátima en el barrio Granada durante más de 20 años y contribuir en la formación de laicos en su casa de retiro en el mismo lugar; la Delegación en Colombia de los Misioneros Combonianos, revisó en una asamblea el objetivo de su presencia en Cali a la luz del carisma misionero del Instituto y decidió entregar el Santuario a la arquidiócesis para hacer una experiencia de inserción y evangelización en una comunidad donde la mayoría de población fuera afrocolombiana. Así fue como se llegó a establecer la presencia comboniana en el barrio de Charco Azul.
El barrio
El barrio de Charco Azul se encuentra en la Comuna 13 del distrito de Aguablanca, en el suroeste de Cali. Fue fundado hace más 25 años por personas provenientes de la Costa Pacífica, que construyeron sus casas utilizando plástico, barro, esterillas, etc. Esos terrenos no contaban con los servicios básicos y sus pobladores debían cargar el agua desde el Lago y otros barrios cercanos. Cada familia construyó un alcantarillado provisional que consistía en adecuar unos tubos o latas de zinc para que las aguas desembocaran en los dos caños que rodeaban el sector.
Las familias del barrio se ganaban la vida por medio de la realización de labores domésticas, trabajos de construcción y ventas ambulantes. Los niños y jóvenes estudiaban en escuelas y colegios de barrios cercanos.
El proceso de desarrollo del barrio se inició a finales de los años 90s con la aparición de las juntas de acción comunal que comenzaron a gestionar proyectos por medio de ayudas políticas: construcción de algunas vías, mejora de las viviendas, servicios públicos de agua, energía y alcantarillado, etc.
También se inició entonces lado la construcción de la iglesia que en principio era una choza donde se congregaba toda la comunidad católica y los domingos un sacerdote iba a celebrar la Eucaristía para los católicos del barrio.
Proceso de evangelización
Durante estos últimos años han pasado por esa comunidad varios sacerdotes y hermanos quienes, con su ejemplo, oración y estilo de vida, han intentado hacer una experiencia de la presencia misericordiosa de Dios junto con la comunidad local. Los primeros combonianos en vivir entre los habitantes de Charco Azul fueron el P. Juan Martín Rodríguez, el hermano Luis Gil Dávila, y el P. Giulio Celadon; posteriormente llegaron el P. Gustavo Brito, el Hno. Gustavo Montoya, el P. Guillermo Chacón y el P. Miguel Tondi. Otros sacerdotes y hermanos han estado de paso por la comunidad, enriqueciendo el proceso de evangelización, animación misionera y promoción humana que se ha venido realizando.
Como misioneros, la presencia de los Combonianos en este proceso de evangelización ha sido provechosa, aunque con experiencias evangelizadoras bastante cortas por diversos motivos. A pesar del frecuente cambio de personal, ha ayudado el tener objetivos claros y apostar por establecer procesos de evangelización continuos en comunión con la Iglesia local, apoyados por laicos comprometidos de la pequeña comunidad, quienes se han ido formando y siendo participes de este proceso evangelizador.
Pastoral y formación de líderes
Actualmente, la comunidad comboniana de Charco Azul está compuesta por el Hermano Gustavo Montoya y el Padre Guillermo Chacón R. quienes, junto con los habitantes del barrio, buscan conocer y seguir al Dios de la vida que quiere nuestra realización personal y comunitaria. Aunque son conscientes de que falta mucho por hacer, los misioneros continúan intentando dar lo mejor de ellos mismos, haciendo suyas las palabras del Evangelio: “Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer.” (Lc 17,10).
El Hno. Gustavo visita el centro de las Hermanas de Teresa de Calcuta para ayudar en la atención a los enfermos. Y, una vez a la semana, participa en un grupo de oración. Además ayuda en el cuidado-limpieza de la capilla.
El P. Guillermo es el responsable de la pastoral en la capilla Maria madre del Buen Pastor. Se realiza una pastoral de acompañamiento de los grupos pastorales activos en la comunidad, además de un trabajo con las familias, las celebraciones sacramentales, etc. También se lleva adelante un proceso de semillero de pastoral Afro y el grupo de adultos de la Pastoral Afro. Se comenzó con el proceso del Sistema Integral de la Nueva Evangelización (SINE). Así mismo, se imparte catequesis de sacramentos para niños, jóvenes y adultos; se anima un proceso de pastoral juvenil –con la colaboración de María Enith Franco, una laica misionera comboniana–, la formación de monaguillos, el grupo de parejas y celebraciones eucarísticas diarias; además se proporciona una atención pastoral especial a ancianos y enfermos. Se cuenta con la colaboración de 7 catequistas: 5 habitantes del barrio y otros 2 que vienen de fuera.
De igual manera, se está acompañando a las pequeñas comunidades, con un esfuerzo significativo en la formación de líderes. La arquidiócesis tiene un programa para la creación de comunidades de base y formación de líderes; varios miembros de la comunidad han participado en los programas formativos arquidiocesanos.
Recientemente se ha visitado, a petición de los moradores, un barrio aledaño, Villa Lago, donde se necesita la presencia y el acompañamiento de la Iglesia.
En cuanto a la situación social, últimamente se percibe un clima tranquilo en la zona. En agosto del año pasado, un incendio destruyó más de 40 viviendas. Desde la comunidad comboniana se trató de conseguir ayuda para los damnificados con el apoyo de la pastoral social de la arquidiócesis. Llegó mucha ayuda en ropas y alimentos, que la comunidad distribuyó entre los afectados.
Los miembros de la comunidad comboniana en Charco Azul están agradecidos por la experiencia que el Señor les regala en este barrio y por la generosidad con que los habitantes del lugar están respondiendo a sus esfuerzos pastorales.
Hermano Gustavo Montoya
Al servicio de los que sufren
Antes de conocerlo personalmente, había oído hablar del Hno. Gustavo Montoya en África donde compañeros italianos de misión contaban maravillas de un hermano comboniano colombiano que servía con gran cariño y entrega a los misioneros ancianos y enfermos en Milán. El Hno. Gustavo fue el primer misionero comboniano colombiano y lleva más de 30 años al servicio de la misión, con especial dedicación a los ancianos y enfermos.
Por P. Francisco Carrera
Gustavo Montoya, natural de Calí, trabajaba en el aeropuerto de Palma Seca, en su ciudad natal, con la compañía Eastern Airlines. Su tarea era atender a los pasajeros que viajaban al exterior y asistirles con los documentos o con cualquier problema que se presentara.
El 20 de marzo de 1983, un domingo, pasaron por el aeropuerto el P. Francesco Pierli, entonces consejero general de los Misioneros Combonianos, y el P. Enrique Faré que lo iba a despedir. A Gustavo le tocó atenderlos y, me dice, le impresionó inmediatamente la persona del P. Faré, un sacerdote ya de unos 70 años, por su sonrisa, su tranquilidad, su sencillez y la paz que irradiaba. Sin pensárselo dos veces, Gustavo le dijo al Padre que le gustaría hablar con él y quedaron en verse esa misma tarde, al terminar su turno de trabajo en el aeropuerto.
El P. Faré le había dado la dirección y Gustavo se presentó en la casa de los Misioneros Combonianos en Cali. En ese primer encuentro, el joven caleño manifestó al sacerdote la inquietud vocacional misionera que llevaba tiempo sintiendo en su interior. El P. Faré lo escuchó con mucho interés y le dijo que iba a hablar de su caso con los superiores, dado que Gustavo era ya un poco mayor, tenía entonces 43 años, para comenzar la preparación a la vida misionera. Sin embargo, el P. Faré lo animó y le dijo que “para Dios no hay nada imposible”.
El P. Enrique Faré tuvo que trasladarse a México, pero antes de partir puso a Gustavo Montoya en contacto con otro misionero comboniano, el P. Rafael Minurri, que era el responsable de las vocaciones para Ecuador y Colombia. Unos meses más tarde, el P. Minurri fue a Cali e invitó a Gustavo a pasar una semana en una comunidad comboniana de Quito durante sus vacaciones para conocerlo mejor y para que él conociera el estilo de vida del Instituto. “Me desplacé a la capital ecuatoriana y pasé unos días compartiendo la vida con los miembros de la comunidad; esta experiencia me confirmó en mi deseo de dedicar mi vida a la misión”, recuerda el Hno. Gustavo.
El último día de su estancia en Quito, el P. Rafael le comunicó que lo aceptaban para iniciar el camino de formación a la vida religiosa y misionera en el Instituto de los Misioneros Combonianos. Debía arreglar sus asuntos familiares y laborales y, una vez todo estuviera en orden, podía incorporarse a la casa de formación.
El 18 de septiembre de 1984, Gustavo Montoya entró en el postulantado de los Misioneros Combonianos, en Quito, donde permaneció un año nada más. A continuación, pasó al noviciado en Huánuco, Perú. El 3 de mayo de 1987, tras tres años de intensa formación religiosa y misionera, pronunció sus primeros votos junto con tres compañeros ecuatorianos y un peruano. Era el primer misionero comboniano colombiano.
Después, el ya Hno. Gustavo volvió a Quito para un año de formación más especializada, junto con otros siete Hermanos combonianos procedentes de diversos países (Costa Rica, España, Alemania e Italia).
Misionero en Centroamérica
Tras otro año más en el Centro Internacional para Hermanos de Bogotá, el 30 de junio de 1989, terminó su formación y le llegó el momento, tan soñado y esperado, de ir a la misión por primera vez. Lo destinaron a Costa Rica, donde permaneció tres años dedicado a llevar la economía del postulantado comboniano en ese país, que en aquel momento contaba con 18 aspirantes a misioneros. “Allí me sentí muy bien, ayudando a aquellos jóvenes en todo lo que podía y tratando de darles buen ejemplo”, afirma el Hno. Gustavo.
De Costa Rica, lo enviaron a Guatemala para acompañar la construcción de una casa comboniana. Aunque no es constructor, lo encargaron de vigilar que los materiales fueran los adecuados, de asistir al arquitecto en lo que necesitara, de pagar a los trabajadores, etc. Permaneció otros tres años haciendo ese servicio y después lo destinaron a El Salvador. Allí trabajó durante un año en la animación misionera de la iglesia local y en el mantenimiento de la casa de la comunidad.
Al cuidado de ancianos y enfermos
En aquel tiempo, visitó América Central el Superior General de los Misioneros Combonianos, David Glenday, y el Hno. Gustavo le manifestó que le gustaría ir a Italia para ayudar en la atención a los misioneros ancianos y enfermos, porque había escuchado que los superiores necesitaban personas para ese servicio. Unos meses más tarde, recibía la carta oficial de destinación a la provincia comboniana italiana a partir del 1 de julio de 1995.
Llegó a Italia y primero tuvo que ir a Florencia para aprender el italiano. Después lo enviaron a la comunidad de Arco, Trento, donde había unos 18 sacerdotes y hermanos misioneros ya ancianos. Había una enfermera que iba dos o tres horas al día para la medicación y el resto del día Gustavo los asistía en todo lo que necesitaban: alimentarlos, asearlos, sacarlos de paseo, etc.Un año más tarde, le pidieron que pasara a la recién abierta casa paramisioneros ancianos y enfermos de Milán, donde pasaría los cinco años siguientes. “Allí tuve una de las experiencias más bonitas de mi vida misionera –manifiesta el Hno. Gustavo–. A parte del médico, el P. Manuel Grau, yo era el único comboniano, pero teníamos un grupo de enfermeras y enfermeros que nos ayudaban a atender a más de 30 misioneros, muchos de ellos totalmente impedidos. Fue un privilegio y una constante fuente de inspiración servir a esos hermanos que, tras una larga y sacrificada vida misionera en África y otras partes del mundo, ofrecían ahora sus sufrimientos y oraciones por las misiones. Yo estaba 6 días a la semana -el jueves lo tenía libre-, día y noche, pendiente de las necesidades de aquellos hermanos. En aquellos días de tanto trabajo, yo encontraba mucho consuelo y fuerzas ante el Sagrario”.
En el año 2000, el Hno. Gustavo volvió por un tiempo a Colombia para hacer un poco de animación misionera y cuidar de la casa comboniana en su ciudad natal, Cali. Entre otras cosas se ocupaba de atender logísticamente a los grupos que venían a la casa los fines de semana para retiros, seminarios, encuentros, etc.
El nuevo Padre General, Teresino Serra, destinó a Gustavo de nuevo a Italia para la atención a ancianos y enfermos. Esta vez desempeñó ese servicio durante siete años en la comunidad de Rebbio.
En 2011, el Hermano Gustavo volvía a Colombia, de nuevo a Cali, a la comunidad de Charco Azul, donde se encuentra en estos momentos. Además de dedicarse al mantenimiento de la casa, participa en grupos de oración y se empeña en la catequesis en la capilla que la comunidad comboniana atiende en el barrio. Los martes y los sábados va a la casa de las Misioneras de la Caridad, de la Madre Teresa de Calcuta, para colaborar en la atención de los ancianos, muchos de ellos recogidos de la calle.
“Lo poco que hacemos, lo hacemos con buena voluntad”, repite con convicción el Hno. Gustavo y, concluye, “yo jamás me he arrepentido de haberlo dejado todo, ya adulto, para seguir la vocación misionera; me siento plenamente feliz con la vida de Hermano misionero que he llevado, al servicio de Dios y de los que sufren”.
El milagro de los 800 almuerzos diarios para “habitantes de la calle” en Medellín. La historia de un comedor en el que se ofrece una comida diaria caliente y digna, todo llevado a cabo con las propias manos de decenas de voluntarios y los dineros de algunos bienhechores.
P. Antonio VillarinoEl escultor Fernando Botero es conocido en todo el mundo por sus famosas “gordas” y “gordos”, unas esculturas (y pinturas) que elevan la abundancia al nivel de un arte excelente y particularmente bello. En el centro de Medellín, su tierra natal, hay un parque lleno de estas maravillosas obras de arte que uno puede visitar gratuitamente al aire libre.
En torno a ese parque de las gordas de Botero, la vida fluye también abundantemente, aunque quizá sin tanta pulcritud artística; hay un entramado de calles, plazas y parques abarrotadas de tiendas y negocios, en los que se ofrece todo tipo de mercancías: frutas de variados colores y sabores, ropas, calzados, comida callejera, todo al alcance de bolsillos no muy repletos. Tampoco faltan lugares de prostitución barata y de expendio de drogas de baja calidad.
Un poquito más allá, a apenas dos cuadras, está el parque Bolívar en frente de la catedral metropolitana; lugar hermoso, lleno de árboles y de bien organizado mobiliario urbano, muy apto para un descanso de quien visita el centro de la urbe antioqueña. Pero la “gente de bien” no se atreve a gozar de este espacio, porque aquí y en otros que hay en los alrededores abundan los “habitantes de la calle”, es decir, miles de personas que no tienen hogar y deambulan por calles y plazas rebuscándose algo que comer o algún rincón en el que dormir, bajo las estrellas, con la ayuda de alguna sustancia alucinógena, entre cartones y harapos.
Un tiempo se les llamaba a estas personas “desechables”, una palabra cruel que expresaba el sentimiento de los ciudadanos corrientes, que consideraban que estas personas estaban perdidas y ya habían pasado una línea roja de la que no era posible volver atrás.
LA REBELIÓN DE UN GRUPO DE VISIONARIOS
Pero un grupo de visionarios, miembros de una comunidad católica conocida como “Emmanuel”, decidieron rebelarse contra esa realidad y negarse a tratar a estas personas como “enemigos” de la humanidad. Guiados por el Evangelio y una fe fuerte y bien centrada, decidieron que estas personas eran “hermanos” en dificultad a los que había que tratar con respeto y dignidad y, en todo caso, ofrecerles una mano fraterna.
“Es que, hermano, Dios no hace basura. ¿Por qué sigues viviendo en la basura si Dios te ha creado como un hijo valioso? Ponte en pie, hombre”, dice Robinson a estas personas a las que trata verdaderamente como amigos, compinches… “hermanos”.
Lo primero que imposibilita vivir con dignidad es el hambre, el tener que arrastrarse, mendigar o robar, para calmar el pinchazo de un estómago vacío. Por eso esta rebelión contra la indignidad empezó con un comedor en el que se ofrecía -y sigue ofreciendo- una comida diaria caliente y digna, todo llevado a cabo con las propias manos de decenas de voluntarios y los dineros de algunos bienhechores. La idea central era -y sigue siendo- ofrecer una comida en la que estas personas se sintiesen tratadas con respeto y dignidad.
LOS CASOS DE RAMÓN Y JOSÉ
En esta línea, Robinson Peña, líder de esta iniciativa, conocido por todos como “Robin”, me cuenta las experiencias con dos personas concretas, Ramón y José.
Ramón era un administrador de una conocida empresa de pollo asado de Medellín. Por razones que no viene al caso mencionar, cayó en la droga y en la vida de la calle. Por eso se acercaba al comedor para obtener un plato de comida caliente. Como en otros casos, al repetir su visita al comedor, se establece una relación de amistad con los miembros de la comunidad y los voluntarios. Ramón se rehabilitó en un proceso con la Comunidad, tanto espiritual como psicológico, dirigido por la Dra. Gladys Montoya, también voluntaria.
“Pero al cabo de dos años, recayó de nuevo”, me cuenta Robinson. Es un proceso normal en estos casos. Hay una primera decisión, pero la fuerza de la costumbre, las amistades, los problemas, llevan frecuentemente a la recaída.
Robinson preguntó por él a los amigos que venían a comer todos los días hasta que supo que estaba durmiendo debajo de un puente. Fue a buscarlo con otro compañero de Comunidad y lo encontraron en un lugar tenebroso, escondido en un costal, irreconocible, otra vez peludo, barbado, flaco y sucio. Abriendo el costal, lo reconocieron y empezaron a decirle que él era una persona valiosa, que no podía seguir así, que contase con ellos que eran sus amigos, más aún, su familia y que querían apoyarlo hasta el final. Ramón regresó, se duchó, se rasuró… recuperó su dignidad, la fe en sí mismo y volvió a trabajar en una empresa durante varios años, hasta que un infarto lo mató, pero vivió los últimos años de su vida con la dignidad recuperada y en paz.
Un caso similar es el de José Luis, un hombre joven procedente de la ciudad de Cali y de buena familia. Escapando de algunos problemas, se embarcó en las aguas oscuras de la droga, y llegó a Medellín. La necesidad de un plato caliente lo acercó al comedor donde encontró apoyo para luchar por superar su problema. Terminó rehabilitándose, enamorándose de una voluntaria, casándose con ella y ahora colaborando generosamente en el comedor.
Desde hace años, la Dra. Gladys -psicóloga- y uno de los pilares de esta obra, coordinando el grupo de las voluntarias y voluntarios que cocinan, limpian, sirven lavan los platos y colaboran en esta obra milagrosa- acompaña un grupo de terapia para intentar ayudar a los que quieren salir del pozo en el que han caído. No siempre se tiene el resultado positivo que hubo con Ramón y José, pero en todo caso las personas sienten que importan a alguien y que siempre hay una mano amiga dispuesta a ayudar.
LA EPIDEMIA Y LA MULTIPLICACIÓN DEL HAMBRE… Y DE LOS ALMUERZOS
Esa historia, que empezó en 2001, tuvo un enorme salto hacia lo imprevisible en 2020 cuando explotó la pandemia y la enorme crisis social que afectó a muchas personas desvalidas, entre ellas, familias enteras de venezolanos que llegaban a la ciudad en busca de una vida mejor, pero esa vida mejor se les resistía y frecuentemente caían en la miseria. Durante la pandemia, el gobierno de Colombia, como muchos otros, dictó medidas muy severas de protección personal y social. Nadie salía a la calle, salvo los que siempre vivían en la calle.
Lo normal hubiera sido que el comedor también cerrase sus puertas. Pero una vez más los miembros de la comunidad Emmanuel se rebelaron contra la crueldad de dejar a muchos hermanos sin una sola comida al día. Y siguieron en su tarea con inmensa fe y mucho coraje, sin miedo al contagio. La diferencia fue que, si antes de la epidemia repartían cuatrocientos almuerzos, durante ese tiempo la “clientela” subió hasta más de 1.200. El milagro es que no faltó la comida ni nadie se enfermó de covid.
Después de la pandemia, la “clientela” se estabilizó en torno a los 800 almuerzos diarios, lo que supone un trabajo enorme: en primer lugar, asegurar los ingredientes mínimos (arroz, granos, algo de proteína) en cantidades industriales; pero además cocinar todo en inmensas ollas, servir durante tres horas en turnos de cien personas que caben en el lugar, lavar, limpiar, ordenar… ¿Cómo se logra todo esto? ¿Cómo se mantiene por un largo período de tiempo (ya más de 23 años)? Ese es el milagro de mucha fe, mucha perseverancia, mucha caridad de parte de los voluntarios y voluntarias, así como de algunos bienhechores.
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